Socialismo Internacional

Periódico de la Organización Socialista Internacional

EEUU: el mito de la clase obrera reaccionaria

Posted by Socialismo Internacional en junio 24, 2008

Análisis: La clase obrera en Estados Unidos

Adam Turl / SocialistWorker.org

Adam Turl examina la visión estereotipada de la clase obrera tal y como ha aparecido en el centro del debate de la elección presidencial en los Estados Unidos.


Ha vuelto la clase obrera. O al menos el término “clase obrera”. Hace décadas que un ejército de expertos y de académicos viene argumentado que la mayoría de la población en Estados Unidos comprende a una clase media en expansión, saciada y de movilidad social ascendente, y que la idea de una clase obrera pertenece a un pasado industrial lejano. Parecía que el término “clase obrera” se había escurrido por el coladero de la historia y no podía ser traído de vuelta -incluso mediante circunloquios- sin que en la política dominante se conjurase el espectro de la “guerra de clases”. Como escribió Leon Frink, profesor de la Universidad de Illinois-Chicago, en e lChicago Tribune:

«Cuando Al Gore dio a conocer una modesta llamada a las “familias trabajadoras” en la Convención Nacional Demócrata del 2000… su oponente republicano, George W. Bush, contraatacó inmediatamente acusándole de desatar una “guerra de clases” en el país. El término preferido para dirigirse a este electorado ha sido durante mucho tiempo el de “clase media”, e incluso la AFL-CIO [American Federation of Labor and Congress of Industrial Organizations, principal sindicato del país, N.T.] evitó la mayor parte de la retórica de clase en un intento de co-optar la agenda de los valores familiares y conservadores.»

Aún hoy, prácticamente todos los comentaristas, desde William Kristol a Paul Krugman, emplean sin pestañear la vieja y temible terminología cuando sugieren que el senador Barack Obama no puede, como dice el director del Quinnipiac University Polling, «llegar a los votantes de clase obrera.» Si “clase obrera” vuelve a ser un término común en el habla, puede que sea porque haya una crisis afectando a la mayoría de la población obrera -quienes trabajan por un salario- en los EE.UU. -El salario por hora, ajustado a la inflación, ha decaído las últimas tres décadas, mientras que el tamaño del Producto Interior Bruto (PIB) casi se ha triplicado, un crecimiento de la riqueza que se ha acumulado, casi exclusivamente, en manos la gran empresa. Pero si la “clase obrera” -y su muy discutidos “remordimientos” y quejas- está al frente de la elección presidencial del 2008, este “redescubrimiento” ha venido acompañado de la recuperación de viejos mitos, a saber: que la clase obrera está compuesta, en general, por patriotas amantes de la bandera, conservadores, fanáticos religiosos, tradicionalistas y que es, mayoritariamente, blanca. Como continúa Fink en su artículo:

«Hoy a la “clase obrera” le han sido arrancados los colmillos que emplear en cualquier intentona radical, e incluso subversivo. De hecho, la clase obrera actual se parece menos a la fuerza modernizadora y racional proyectada por Marx que a un bastión de la tradición, aquel inamovible “saco de patatas” que identificara con el campesinado. Explícitamente o no, cada vez que se habla de clase obrera se la acompaña de la palabra “blanca”. Y el constructo resultante -hombre y mujeres blancos que no han ido a la universidad- se presenta con regularidad como el bloque más conservador… La clase obrera a la que Obama no consigue llegar parece poblada de Archie Bunkers (1) y sus descendientes.»

* * * * *

Esto es un estereotipo, por supuesto, y uno con una larga historia. Fink trae a colación una visión distorsionada de la clase obrera -«Archie Bunkers y sus descendientes»-, que fue una invención de la clase dominante y los medios de comunicación cuando apareció en los sesenta como parte de un contrapeso ideológico a la creciente influencia de los movimientos sociales de los sesenta. El colaborador de International Socialist Review Joe Allen ha escrito que «a finales de los sesenta, los medios de comunicación estadounidenses y el establishment político “redescubrieron” la clase obrera, aunque no la verdadera clase obrera, que entonces estaba formada por un contingente creciente de blancos, negros, latinos y mujeres… La clase trabajadora que decían haber descubierto era en realidad el estereotipo de clase media que pintaba a la clase trabajadora como blancos en rebelión constante contra los derechos civiles, los movimientos anti-guerra y el izquierdismo en general.»

Se emitieron imágenes de obreros con cascos de trabajo atacando a activistas en un intento de msotrar que los “recios trabajadores” americanos rechazaban a los estudiantes “desagradecidos” y “privilegiados” que se manifestaban contra la guerra. Pero los estudios realizados a finales de los sesenta y principios de los setenta mostraron que los obreros manuales se oponían a la Guerra de Vietnam en número similar que los jóvenes que montaron el movimiento estudiantil contra la guerra y los soldados que se manifestaron contra ella. En la ciudad de clase trabajadora de Dearborn, Michigan, por ejemplo, un referéndum celebrado en 1968 que pedía la retirada inmediata de las tropas fue aprobado con el 57 por ciento de los votos. En 1971 los hogares con miembros de un sindicato, junto con los hogares de minorías (los cuales en gran parte coincidían), se encontraban entre los más firmes opositores a la guerra en las encuestas nacionales.

Aunque el racismo continuó dominando en todos los aspectos la vida diaria estadounidense -como se demostró cuando un grupo de blancos atacó a Martin Luther King Jr. cuando éste trató de llevar la lucha por los derechos civiles a la clase obrera de Chicago- , la clase obrera y los llamados “pobres blancos” (poor whites) por lo común simpatizaban más con los trabajadores negros que la gente “de bien”. Un estudio de 1966 mostró que eran «la pertenencia da una clase más alta, el origen de clase o el destino de clase los argumentos preferidos por los residentes para excluir a los negros de su vecindario.» Como resultado del continuo impacto del movimiento de liberación negro en la conciencia del norteamericano medio, en 1970, una mayoría de los americanos blancos apoyó la discriminación positiva, incluyendo el establecimiento de cuotas, para reparar los efectos de todas las injusticias racistas pasadas y presentes. Esto no quiere decir que el racismo no tuviera su influencia entre los trabajadores blancos. La tuvo, como evidencia el apoyo de algunos sectores de la clase obrera -incluyendo del norte- a la campaña presidencial de George Wallace en 1968 por los “derechos del estado” y en las luchas por el busing (2) a lo largo de la década de los setenta. Sea como fuere la clase obrera nunca fue, como se la presenta hoy, un bastión homogéneo del racismo y la reacción.

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La clase obrera que los medios de comunicación dominantes han “redescubierto” hoy también incluye a las mujeres, pero aún es vista como blanca, y presentada como partidaria de puntos de vista mayoritariamente conservadores. Como en los sesenta, esta radiografía tiene muy poco que ver con al realidad. La mayoría de las encuestas muestran que la población estadounidense en su conjunto -y la clase obrera en particular- es más progresista en la mayoría de asuntos sociales y económicos. En ningún lugar es más claro que en la cuestión del racismo. En 1954 sólo el 4 por ciento de los encuestados respondió que aprobaría el matrimonio entre “blancos y gente de color.” En el 2007, el 79 por ciento respondió a una encuesta de Gallup afirmando que aprobaba los matrimonios interraciales. De hecho, a diferencia de buena parte del establishment de los medios de comunicación, mucha gente cree que el racismo es un problema actual, no una cosa del pasado. En una encuesta de la revista CNN/Essence la mayoría -incluyendo los blancos- dijo creer que el racismo era “un serio problema.” El ochenta y cinco por ciento de los americanos respondieron que se sentirían “completamente cómodos” a la hora de votar por un candidato presidencial negro.

Entendámonos: todavía hay muchísima gente que tiene ideas racistas (que no se siente “cómoda” votando por un candidato negro, que desaprueba el matrimonio interracial o que no cree que el racismo sea un problema). Y también hay contradicciones en el pensamiento de la población acerca de la presencia cotidiana y los efectos del racismo. Por ejemplo, en la encuesta de CNN/Essence la mayoría de encuestados, tanto blancos como negros, dijo que no creía que la discriminación racial fuera la razón por la que los negros acostumbran a tener salarios más bajos y peores hogares. Sin embargo, puede decirse, contra el estereotipo de los medios de comunicación, que la clase obrera -que, por cierto, además de blancos incluye a diez millones de negros y latinos, así com a decenas de millones de personas que sí que asistieron a la universidad- acostumbra a tener en ideas más progresistas que las clases medias y altas en muchas de las cuestiones políticas. Las encuestas actuales muestran, por ejemplo, que el 51% de los americanos -el porcentaje más alto desde la Gran Depresión, en los años 30- apoya la vieja demanda socialista de tasar las rentas más elevadas con el objetivo específico de redistribuir la riqueza. Una encuesta del 2006 mostró que el 59% de la población apoya a los sindicatos, un apoyo que alcanza el 68% entre aquellos que ganan menos de 30.000 dólares al año.

Pero no se trata meramente de una cuestión económica. La mayoría de los ciudadanos y residentes permanentes respondieron en una encuesta del 2006 que creían que la inmigración era “algo bueno”. Cerca del 90% de los americanos dijo que creía que los gays y lesbianas deberían tener los mismos derechos en el trabajo. El apoyo al matrimonio homosexual ha crecido un 19% desde 1996, y la oposición al mismo ha declinado un 15%. Incluso en el aborto -una de las pocas áreas donde la derecha ha ganado terreno ideológicamente- la mayoría de la población se mantiene favorable a la postura del caso Roe contra Wade (3). Además, en contraste con la imagen de un interior fundamentalista entre ambas costas, las encuestas muestran que los americanos son cada vez menos religiosos, que los religiosos son cada vez menos asiduos a la iglesia, e incluso que la generación más joven de cristianos fundamentalistas es en cierto modo más de izquierdas en algunos temas relativos a la justicia social.

* * * * *

Entonces, ¿por qué persiste la mitología de una clase obrera reaccionaria? Hay dos razones, relacionadas la una con la otra. Por una parte, esta idea es útil a la hora de dividir y conquistar a los trabajadores sirviéndose de líneas de separación religiosas, raciales, de género, nacionales y de orientación sexual, presentando estas barreras como inamovibles e infranqueables. Por el otro, la debilidad política de la izquierda y del movimiendo obrero en los Estados Unidos se traduce en que la lucha de clases y la solidaridad no tienen eco en la política dominante. Tomad, por ejemplo, a los así llamados “demócratas de Reagan”. El término ha sido resucitado en la elección del 2008, pero fue acuñado originalmente en los ochenta por los medios de comunicación para identificar a los votantes de clase obrera que cambiaron su voto, tradicionalmente leal a los demócratas, por los republicanos. El telón de fondo de este cambio fue la oleada de huelgas que tuvieron lugar a finales de los sesenta y principios de los setenta en los sectores del transporte, el automóvil, el textil, la minería, el servicio de correos y otras industrias. Algunas de éstas fueron huelgas salvajes organizadas completamente al margen de los sindicatos, lideradas por radicales blancos y negros. Estas luchas esbozaron todo el potencial de un movimiento obrero vigorizado y multirracial que crecía a partir de los movimientos sociales de los sesenta. Sin embargo, a finales de los setenta la clase dominante se inclinó hacia el neoliberalismo y empezó un contraataque contra el movimiento obrero y la izquierda. Hizo presión para obtener de los sindicatos reducciones en los contratos, dobles escalas salariales, privatización de empresas, desregulación laboral y espectaculares beneficios.

Esta ofensiva de los empresarios empezó bajo la administración demócrata de Jimmy Carter y fue intensificada con Reagan. En vez de oponerse a esta ofensiva contra los trabajadores, el partido que supuestamente representa a la clase obrera -los demócratas- fue quien impuso los primeros recortes. Hacia 1984, una parte de fieles demócratas terminó votando a Reagan, los así llamados “demócratas de Reagan”. Los republicanos lograron este desplazamiento del voto introduciendo una hueste de “temas cuña” que hiciera saltar por los aires el voto demócrata: avivaron el racismo, pidieron una declaración de guerra contra el crimen y las drogas, atacaron los avances en el derechos de la mujer. Pero la otra razón que explica este desplazamiento fue la incapacidad de los demócratas para ofrecer una respuesta eficaz a este desplazamiento de los votantes hacia la derecha. Al contrario, los demócratas llegaron a la conclusión de que necesitaban seguir el camino de los republicanos para atraerse de nuevo a los votantes oscilantes. Incluso después de que la Revolución reaganiana empezara a decaer a principios de los noventa, los demócratas permanecieron en sintonía con la política de los conservadores, un estilo simbolizado, por ejemplo, en la “triangulación” de la administración Clinton.

Así pues, en los últimos quince años -con la excepción del período inmediatamente posterior a los ataques del 11 de septiembre- la clase obrera estadounidense ha tendido a ser más progresista y de izquierdas que la línea política oficial del sistema bipartidista. Lo que muestra hasta qué punto resulta erróneo asumir que la situación descrita por Thomas Frank en su libro What’s the Matter with Kansas? [¿Cuál es el problema de Kansas?] -que ciertos obreros votan contra sus intereses económicos confiando en los republicanos porque éstos le han ganado terreno a los demócratas en materia social- es algo permanente. Hay, en cambio, un grave problema a la hora de organizar el sentimiento de grandes masas de obreros en torno a temas tanto económicos como sociales en una fuerza política que tenga un verdadero impacto político.

A medida que las elecciones del 2008 han ido avanzando, hemos visto como el término “clase” ha salido a palestra, con Hillary Clinton -por encima del resto de candidatos- autoerigiéndose, en palabras del New York Times, en una “campeona de la clase obrera” preparada para luchar contra todo tipo de “injusticias”, desde los precios del combustible a los desalojos motivados por la crisis hipotecaria. ¿Cómo es posible que Clinton -una senadora y ex primera dama que, con su marido, reúne / posee [is worth more than] más de 100 millones de dólares- haya sido capaz de presentarse a sí misma como la hija predilecta de la clase obrera? Una explicación es la efectividad de unos crédulos medios de comunicación, que han repetido una y otra vez su rémora política de campaña. La otra es el racismo. Todo el revuelo mediático causado por los discursos de Jeremiah Wright, antiguo reverendo de Obama -sacados a la luz tanto en la campaña de John McCain como en la de Hillary Clinton- minaron la estrategia electoral “post-racial” de Obama (a pesar de que debe señalarse que millones de obreros blancos han votado por Obama). Pero también debe decirse que si Clinton y los medios de comunicación han sido capaces de presentar a Obama como un “elitista” es porque él lo ha permitido. Obama pudo haberse atraído a los obreros -negros, blancos y latinos- si hubiera preparado una campaña que les hablara de sus problemas, con propuestas firmes de ayudar a la gente de clase obrera con las consecuencias de la recesión que tan duramente les ha golpeado. Pero Obama no quiere una campaña hecha a partir de estos principios. Quiere asegurarse de que Wall Street y la América corporativa (Corporate America) -que muy astutamente han desplazado su apoyo de los republicanos a los demócratas- no lo consideren una amenaza. Con ello Obama se inclina hacia la derecha -de un modo muy similar a la triangulación de Bill Clinton- tratando de ganarse a los “votantes indecisos.” Los cimientos de la solidaridad existen en cada lugar de trabajo y en cada comunidad de clase obrera en todo el país. Organizarlos en movimientos que desafíen al racismo, al sexismo, al nacionalismo, a la homofobia y al dominio corporativo puede forzar a los políticos “oficiales” a inclinarse hacia la izquierda y a extraer de ellos verdaderas concesiones. Porque es una clase dominante reaccionaria la que propaga el mito de la clase obrera reaccionaria.

NOTAS T.: (1) Archie Bunker, personaje de All in the family, una popular sitcom estadounidense, interpretado por Carroll O’Connor. Este personaje, un trabajador de cuello azul estadounidense reaccionario e intolerante, llegó a ser tan famoso que su nombre llegó a emplearse para denominar al sector social que representaba. (2) Busing es el nombre de la medida institucional estadounidense de asignar estudiantes negros a escuelas blancas con el fin de evitar la segregación racial en los centros educativos, que se seguía produciendo de facto por la segregación racial entre barrios. Los estudiantes negros acudían a las escuelas en autobuses -de ahí el nombre- que fueron objeto de reiterados ataques. (3) El caso Roe contra Wade (1973), uno de los casos más controvertidos de toda la historia de la jurisprudencia estadounidense, permitió la legalización del aborto en los 50 estados de la Unión, convirtiéndolo en un “derecho fundamental” (Wikipedia: http://en.wikipedia.org/wiki/Roe_v._Wade)

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