Socialismo Internacional

Periódico de la Organización Socialista Internacional

El pánico de 2008

Posted by Socialismo Internacional en octubre 13, 2008

Análisis

Tras la peor semana en la historia de Wall Street, el pánico continúa en los mercados financieros. Lee Sustar explica que el caos en los mercados es síntoma de una crisis más profunda—mientras los dirigentes de los gobiernos más poderosos no están seguros de qué hacer.

Fue la peor semana de la historia para Wall Street y el sistema financiero mundial—un desplome en el mercado de valores mundial que hizo desaparecer más de $6 billones en riqueza y que ha hecho reflexionar hasta los comentaristas conservadores de los medios sobre el fracaso del capitalismo y la posibilidad de otra Gran Depresión.

Incluso la aprobación por el Congreso de $700 mil millones de rescate financiero a los bancos, vendido como una segura solución a la crisis, fue espectacularmente un fracaso en el restablecimiento de la confianza del mercado.

Tampoco pudo mover el congelado mercado de crédito la acción coordinada de los bancos centrales de las naciones industrializadas en reducir las tasas de interés y hacer disponibles cientos de miles de millones de dólares en nuevos préstamos—los préstamos entre bancos y empresas siguen paralizados.

Para las personas que trabajan, la amenaza no radica únicamente en la desaparición de los fondos de jubilación, ahora que las pensiones tradicionales han sido sustituidas por los planes 401 (k) y otros programas vinculados al mercado de valores.

La peor pesadilla es lo que ocurrirá si los bancos siguen restringiendo severamente la concesión de préstamos, incluso a otros bancos, debido al totalmente justificado temor de que el próximo prestatario podría irse a la quiebra. Si los préstamos a empresas se mantienen congelados, entonces puede que no haya dinero para pagarle a los proveedores, o cumplir el pago de nómina de la próxima semana—y la crisis daría un nuevo bandazo con despidos masivos y cierres.

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Para finales de semana, las suposiciones de libre mercado, la ideología neoliberal—los fundamentos de la política estadounidense durante las últimas tres décadas—habían sido totalmente desacreditadas.

Atrás quedaron los clichés acerca de cómo “el libre mercado lo sabe todo,” y de cómo “la regulación gubernamental ahoga el dinamismo y el crecimiento capitalista.”

En cambio, la misma gente que se quejaba hace un mes de la nacionalización de los gigantes hipotecarios Fannie Mae y Freddie Mac, y de la compañía de seguros AIG como un “socialismo” sigiloso, ahora abogan por la más radical intervención del gobierno en la economía desde la Gran Depresión—y una que sea rápida.

“El gobierno debe inyectar capital directamente en los bancos”, escribió David Reilly, columnista del Wall Street Journal. “El gobierno también necesita forzar los bancos a reconocer las pérdidas que hasta ahora han ignorado, exigir a los bancos a dar una mayor divulgación de sus acciones, empujar a los bancos a prestarse los unos a los otros otra vez, acabar lentamente con los bancos más débiles mientras ayuda a los bancos fuertes a hacerse más fuertes, garantizar los depósitos y respaldar una porción del crédito bancario.

“Por encima de todo, el gobierno tiene que decirle a los bancos que tienen que formar parte en una solución sistémica. El tiempo de negociación por parte de los bancos se acabó”.

Tome un momento para considerar esta declaración: Un importante escritor de un periódico líder de la prensa corporativa estadounidense pide al gobierno federal que tome control de la industria bancaria, exponga el valor de sus activos en libros, asegure todos los depósitos bancarios en cualquier cantidad, ordene que tengan efecto prestamos entre los bancos, y que fuerce ejecutivos a aceptar fusiones que no quieren—hasta la liquidación.

Sencillamente, el Wall Street Journal aboga por la nacionalización del sistema bancario. Hace unas semanas, usted no hubiera visto esta propuesta fuera de las páginas de SocialistWorker.org y otras en la izquierda.

Ahora, sin embargo, la nacionalización es la más reciente estrategia de la cada vez más desesperada clase dominante de los países industriales avanzados en el Grupo de los Siete (G7).

La semana pasada, el Primer Ministro británico Gordon Brown anunció que su gobierno compraría acciones en los seis principales bancos británicos para impedir un colapso total en Londres, la capital del mundo financiero.

Estados Unidos rechazó inicialmente la estrategia de Brown, quedándose con el llamado Programa de Alivios para Activos en Problemas (TARP, según sus siglas en inglés), los $700 mil millones del programa dinero-a-la-basura aprobado por el Congreso y firmada por George Bush hace poco más de una semana. Bajo el plan TARP, el Departamento del Tesoro comprará las deudas incobrables y las inversiones fracasadas de los bancos que no pueden venderse a ningún precio.

Pero mientras Wall Street se tambaleaba tras una semana de disminución en el mercado de valores—el promedio industrial Dow Jones terminó la semana 39.4 por ciento por debajo de su récord de hace un año—el Secretario del Tesoro Henry Paulson cambiaba su tono.

Paulson anunció que el Tesoro utilizará el dinero del rescate financiero para también comprar directamente acciones en los bancos. Paulson, un ex director ejecutivo de Wall Street, llegó a la conclusión de que las inversiones directas es la única manera de inyectar capital en los bancos lo suficientemente rápido como para reactivar los préstamos y aumentar los precios de las acciones.

Esta y otras formas de intervención gubernamental en la economía será el tema de una reunión urgente de los ministros de finanzas del G7 los días 11 y 12 de octubre en la reunión anual del Fondo Monetario Internacional y el Banco Mundial. Si Paulson y sus contrapartes no pueden encontrar un plan para una intervención gubernamental que sea incluso más abarcadora—como una garantía virtual de todos los depósitos y transacciones por parte de los estados más poderosos del mundo—entonces el pánico sólo se pondrá peor.

Las bolsas europeas cerraron la semana 22 por ciento por debajo, su peor en la historia. Casi cada una de las principales bolsas de valores en el mundo fueron maltratadas, y los mercados de valores en Indonesia y Rusia están cerrados indefinidamente.

Pero es EE.UU. el que está arrastrando al resto del mundo hacia abajo. “EE.UU. y el sistema financiero de las economías avanzadas se están dirigiendo hacia un colapso financiero sistémico a corto plazo”, escribió el economista Nouriel Roubini de la Universidad de Nueva York.

A menos que se reactiven los mercados de crédito, lo que perfila ser una mala recesión mundial podría llegar a ser mucho peor, Roubini sostuvo. “A este punto, el grave daño está hecho, y no se puede descartar un colapso sistémico y una depresión mundial. Tomará un cambio significativo en la dirección de la política económica y una política muy radical coordinada entre todas las acciones avanzadas y las economías de mercado emergentes a fin de evitar este desastre económico y financiero”.

El problema es que mientras EE.UU. es el único gobierno capaz de encabezar este esfuerzo, no hay capacidad de liderazgo. Son las ineptas y erráticas políticas de la administración Bush las que amenazan en convertir una grave crisis financiera en una impensable catástrofe.

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Para los neardentales de la derecha republicana, hasta una ineficiente intervención gubernamental es “socialismo”. Pero nada podría estar más lejos de la verdad. Esto es capitalismo de estado financiero, llevado a cabo por las mismas personas que utilizaron la ideología pro-mercado para justificar un período de tres décadas de transferencia de riqueza desde los trabajadores a una pequeña minoría de los super-ricos.

En la década de 1980 y 1990, los republicanos y los demócratas colaboraron para desregular el sistema bancario y las empresas en general, con el argumento de que ello estimulaba el crecimiento capitalista y beneficiaría a todos. Ahora que sus propios intereses están en peligro, sin embargo, ellos están corriendo al Estado por protección.

Sin embargo, su objetivo sigue siendo el mismo: la maximización de las ganancias. Si es necesaria una amplia intervención del gobierno en la economía para permitir a los capitalistas mantener la explotación de los trabajadores, los capitalistas van a todas con ello. Estén los bancos administrados privadamente o por burócratas del gobierno, los bancos son esencialmente instituciones parasitarias en relación con la productiva, “verdadera” economía.

Una verdadera solución socialista a la crisis sería fundamentalmente diferente. Las funciones bancarias de asignación de la inversión y el crédito podrían llevarse a cabo democráticamente bajo el control de los trabajadores, con el objetivo de satisfacer las necesidades humanas. Por el contrario, en 2007, los bonos pagados a los entonces cinco mayores bancos inversionistas de Wall Street ascendieron a $ 38 mil millones—casi la cantidad que el gobierno federal gastó en el Programa Estatal de Seguro de Salud Infantil (S-CHIP, por sus siglas en inglés) en sus primeros 10 años.

Estos obscenos bonos de Wall Street, se nos dijo, eran justificados a la luz del éxito de la economía de EE.UU. Ahora sabemos que es diferente.

Los peces gordos de Wall Street son sólo los más visibles miembros de una clase capitalista que ha prosperado sobre las espaldas de los trabajadores. El 1 por ciento más rico casi duplicó su cuota de ingresos nacional anualmente, del 7.3 por ciento en 1979 al 13.6 por ciento en 2006, y el 0.1 por ciento más rico aumentó sus ingresos anuales por un asombroso 324 por ciento de 1979 a 2006, a más de 2.2 millones de dólares. Mientras tanto, el 26.4 por ciento de los trabajadores estadounidenses reciben salarios de pobreza, y desde 2001, la productividad de los trabajadores aumentó un 11 por ciento, mientras que la ganancia en los salarios reales (después de la inflación) fue cero.

Como resultado de ello, la sociedad estadounidense es tan desigual hoy como lo era en la década de 1920, en vísperas de la Gran Depresión.

Ahora, mientras se avecina la posibilidad de otra grave crisis económica, el gran capital se encuentra desacreditado y obligado a apoyarse en políticos demócratas como Barack Obama para reconstruir su credibilidad en el sistema. Algunas concesiones pueden ser toleradas—límites al sueldo de directores ejecutivos en empresas donde el gobierno posee acciones, por ejemplo. Pero como en la década de 1930—la era de las huelgas sentadas y de un renacimiento del sindicalismo—hará falta organización y lucha para realmente cambiar los balances de fuerzas a favor de los trabajadores.

Pero mucho ha cambiado ya. La política estadounidense nunca será la misma. Existe una apertura política—en realidad, una gran urgencia—en discutir y planificar la forma en que las personas que trabajan pueden responder a esta crisis. En ese debate, es importante presentar una visión de un tipo de mundo diferente, libre de la desigualdad, el caos y la crisis del capitalismo—una verdadera alternativa socialista.

*Lee Suster es columnista en el periódico estadounidense SocialistWorker.org en donde fue publicado originalmente este artículo.

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Una respuesta to “El pánico de 2008”

  1. Seguros said

    Al dia de hoy los mercados financieros han reaccionado de manera positiva, cerrando en alta los mercados.

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