Socialismo Internacional

Periódico de la Organización Socialista Internacional

Irán: el régimen no aguanta más que por la represión

Publicado por Socialismo Internacional en noviembre 28, 2009

Análisis y Comentarios

Tres meses después del masivo fraude electoral que ha permitido la elección de Mahmud Ahmadineyad a la presidencia de la república, el régimen iraní está lejos de conseguir acabar con la división en su cúspide y de restaurar su legitimidad. Por abajo, la calma no es más que aparente y la contestación prosigue. Babak Kia explica la dinámica interna de las confrontaciones en Irán.

Tres meses después del masivo fraude electoral que ha permitido la elección de Mahmud Ahmadineyad a la presidencia de la república, el régimen iraní está lejos de conseguir acabar con la división en su cúspide y de restaurar su legitimidad. Por abajo, la calma no es más que aparente y la contestación prosigue.

Apoyado por el guía supremo, Jamenei, Ahmadineyad ha llevado a cabo un verdadero golpe de estado electoral destinado a apartar del poder a Rasfandyani (número dos del régimen y uno de los dirigentes más ricos y corruptos) y el campo llamado “reformador” representado por Mussavi y Karubi. Este golpe de estado es la expresión de las fuertes contradicciones y de los conflictos que atraviesan la cúspide del poder.

La clave de bóveda del régimen de la República islámica era la convergencia de intereses entre el Bazar (burguesía comerciante y tradicional), el clero chiíta y los Guardianes de la revolución (Pasdaran), brazo armado del poder compuesto particularmente por sectores populares desclasados. Pero el ascenso político y económico de los Pasdaran ha modificado este equilibrio y la estabilidad del régimen.

Los Pasdaran, Estado en el Estado

Hoy, a la cabeza de un imperio económico y financiero, la dirección de los Pasdaran pretende someter totalmente el estado a sus propios intereses y acaparar, de forma exclusiva, la renta petrolera. Durante su primer mandato, Ahmadineyad procuró reforzar el dominio de los Pasdaran sobre el aparato del estado. La mayor parte de los ministros, embajadores, gobernadores de provincia, directores de los grandes bancos estatales o también de los rectores de universidad nombrados por Ahmadineyad, como él, provienen de los Guardianes de la revolución. Se ha acelerado también su toma de control sobre los sectores clave de la economía del país.

Los Guardianes de la revolución controlan varias fundaciones que disponen de rentas considerables. No sujetándose ni al derecho comercial ni a la contabilidad pública, estas fundaciones escapan a los impuestos y no rinden cuentas más que al Guía. Algunas son consideradas como las mayores entidades económicas de Medio Oriente. El programa de privatización aplicado por Ahmadineyad, las concesiones y contratos en sectores tan importantes como el petróleo o el automóvil (los Pasdaran son accionistas mayoritarios de Saipa, segundo constructor automóvil del país), han beneficiado a los Pasdaran. Este verano acaban de adquirir la compañía de telecomunicación del país.

Su insaciable apetito se enfrenta a a los intereses de una parte del clero y de la burguesía iraní, favorable a un refuerzo de la inserción de Irán en el mercado mundial. Igualmente son codiciadas las riquezas amasadas y las posiciones de poder ocupadas por Rafsandyani y los suyos, y de forma general por una parte de los clérigos. Estado en el estado, la dirección de los Pasdaran quiere apropiarse de ellas y consolidar sus intereses mafioso-burocráticos.

Un conflicto profundo y duradero

Llevando a cabo su golpe de estado contra el campo llamado “reformador”, los Pasdaran han provocado no solo una crisis del poder, sino también un corte en el seno del propio clero chiíta. El Guía supremo Jamenei ha debilitado considerablemente su posición apoyando a Ahmadineyad. Ha salido de su papel de árbitro para poner fin al equilibrio que estaba instaurado en el seno del clero y de las elites del poder. Además, dando cobertura al fraude electoral, ha negado el voto de los iraníes. Por primera vez desde 1979, el Guía se ha convertido en el objetivo directo de los manifestantes. La mayoría de los grandes ayatolás han dado a conocer su oposición a este golpe de fuerza y a la represión que le siguió. Es toda la legitimidad religiosa del poder la que ha sido puesta en dificultades.

Los Pasdaran prepararon y organizaron desde hacía mucho la “reelección” de Ahmadineyad. Se trata para ellos de instaurar un régimen militaro-religioso, más exactamente una dictadura militar adornada de una legitimidad religiosa. En tanto que actor político, el clero tiende a ser relegado, lo que levanta en su seno una inquietud cada vez más visible.

Como siempre en la República islámica, las decisiones políticas van acompañadas de una justificación “religiosa”. Ahmadineyad, que no duda en decir que su política está destinada a apresurar la reaparición del Mahdi (12º imán chiíta, desparecido el año 874), encuentra esta justificación en los ayatolás Mahdavi Kani o Mesbah Yazdi (muy minoritarios en el seno del clero). Para ellos, hay que convertir la República islámica en Gobierno islámico, el sistema institucional iraní debe desistir de sus atributos “electivos” y “democráticos”. Una teocracia sin máscara, en suma. Yazdi no duda en declarar: “Poco importa lo que piense la gente. Son corderos ignorantes”. En cuanto a Kani, decía en 1998: “Para nosotros, cada gobierno cuyo gobernador es designado y determinado por Dios es legítimo incluso si la población no le acepta y, a la inversa, cada gobierno cuyo gobernador no es designado por Dios es ilegítimo y usurpador, incluso si la población lo acepta”.

Frente al cambio del régimen querido por los Pasdaran, el clan Rafsandyani y los “reformadores” no podía quedarse sin hacer nada. Se juegan su supervivencia política y económica, incluso su supervivencia sin más. Pero el pueblo iraní se ha metido en la brecha de esta profunda división para expresar sus aspiraciones democráticas. Desde el anuncio de la “victoria” de Ahmadineyad, los “reformadores” han intentado acompañar la dinámica que se expresaba en la calle, canalizándola a fin de que no pusiera en cuestión la República islámica. Su proyecto político es utilizar la calle en su correlación de fuerzas en el interior del régimen. Sin embargo, cada vez más, la idea misma de reformar el sistema político actual aparece a ojos de la población como algo ni deseable ni realizable. Sectores significativos formulan incluso claramente su voluntad de acabar con la República islámica.

El miedo ha retrocedido

A favor de las últimas movilizaciones, se han dado pasos importantes. Como muestra la publicación de numerosos artículos, periódicos o panfletos, la actividad social y política ha aumentado considerablemente. La juventud y las mujeres se han apropiado de los medios a su disposición para informar y comunicar sobre el movimiento y la represión, y para organizarse frente al poder. Los manifestantes han inventado formas de acción y de organización embrionaria adaptadas a la represión. Los trabajadores no se han quedado atrás: numerosas empresas han conocido llamamientos a la huelga, y sus asalariados se han unido a las manifestaciones. Los llamamientos de universitarios, artistas, cineastas o escritores se han multiplicado.

Solo por medio de una represión feroz Ahmadineyad y el Guía han podido poner término a las manifestaciones. Pero a pesar de centenares de muertos, miles de detenciones, simulacros de procesos en los que el régimen expone a presos a los que se ha arrancado confesiones bajo tortura, desaparición de centenares de personas, la protesta no se ha apagado. Frente al grado de violencia impuesto por el poder, las formas de acción se han adaptado. Las madres de los detenidos torturados y de los jóvenes desaparecidos siguen organizando acciones para denunciar las atrocidades. A menudo agredidas por los matones del régimen, no bajan los brazos y continúan reclamando la verdad y la condena de los criminales y de los que les mandan. El cierre de la prisión de Kharizak, cuyos carceleros se jactaban públicamente de ser más “eficaces” que los de Guantánamo o Abou Ghraib, las revelaciones sobre la suerte de los prisioneros, la “justificación” religiosa de las violaciones cometidas sobre las personas encarceladas (algunos dirigentes han osado afirmar que en el caso de una detenida virgen condenada a muerte, la violación puede ser practicada a fin de que no pueda ir al paraíso), han mermado enormemente la legitimidad de la República islámica.

El clima social particularmente tenso y la catastrófica situación económica van acompañadas de numerosas luchas, dispersas, llevadas a cabo por los trabajadores. Las huelgas por el pago de salarios atrasados, contra los despidos o el cierre de unidades de producción se multiplican. Las luchas por el derecho a formar sindicatos independientes y por el reconocimiento del derecho de huelga siguen vivas.

El poder teme la contestación, pues la calma solo es aparente. La reapertura de las universidades es objeto de debate entre los dignatarios del régimen que temen un comienzo de curso agitado. En la punta de la protesta, los estudiantes iraníes son objeto de una represión que viene del aparato judicial y de los matones del régimen. Los arrestos de estudiantes continúan. Centenares de ellos han sido, “preventivamente”, llevados ante consejos de disciplina y expulsados de las universidades. Otros han sido citados ante el Ministerio del Interior y sus familias han sido amenazadas.

Incapaces de resolver la crisis, Ahmadineyad y su clan deben imperativamente ahogar la contestación multiforme que atraviesa el conjunto de las capas sociales. El poder no aguanta más que por el ejercicio de la violencia. Pero la valiente movilización de estos últimos meses ha demostrado que el miedo había retrocedido. Por primera vez desde hace treinta años, la República islámica de Irán conoce al mismo tiempo una fractura irreversible en su cúspide y un debilitamiento sin precedentes del poder, un nivel de actividad social muy importante y un rechazo cada vez más marcado de los fundamentos mismos de la teocracia, todo ello añadido a una crisis social y económica profunda. En las semanas y meses que vienen, el papel de la juventud, de las mujeres y de los trabajadores será determinante. Tienen necesidad de toda nuestra solidaridad.

* Babak Kia (seudónimo) es miembro del Nuevo Partido Anticapitalista en Francia y de la Cuarta Internacional. Escribe frecuentemente sobre la política en Irán.

Traducción: Alberto Nadal para Viento Sur.info

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