Socialismo Internacional

Periódico de la Organización Socialista Internacional

Syriza: las esperanzas y los límites de los gobiernos de la izquierda

Posted by Socialismo Internacional en mayo 30, 2012

La portada del periódico “Ta nea”1 del lunes 14 de mayo superó incluso los carteles de propaganda anticomunista de la Guerra Civil: un suicidio por el disparo de una pistola en la boca, dibujando en la pared el mapa de Grecia con la sangre roja. El título nos advierte: “Syriza al precipicio (…)”.

Está clarísimo que la clase dominante y sus partidos están en estado de pánico.  Ya ni siquiera mantienen las apariencias. La idea de que pueda haber en Grecia un gobierno de izquierda les parece repulsiva.

Pero no sólo la clase dominante griega está atacada tras las elecciones en Grecia y Francia. Los “mercados” y las clases dominantes en la UE y en todo el mundo se “preocupan” porque Syriza tiene la oportunidad de formar “el primer gobierno de izquierda en la historia griega moderna”, según informa Reuters.

Giorgos Pitas*, militante de la organización revolucionaria griega SEK, argumenta que la única manera de salir de la crisis es continuar con la organización del movimiento obrero con el fin de lograr un derrocamiento revolucionario.

Y esto es cierto. No es común, ni en la historia de Grecia ni por supuesto en la historia mundial, el surgimiento y establecimiento de gobiernos de izquierda. Los empresarios, los banqueros y los propietarios prefieren gobernar con los mismos partidos políticos que ellos financian, apoyan y controlan, aquellos que sirven a sus intereses.

Los gobiernos de izquierda hacen su aparición en la historia en tiempos de gran crisis (económica, social, política), en condiciones de intensa polarización de clases, cuando las clases dominantes ya no pueden gobernar como antes y el pueblo queda asfixiado. América Latina es un buen ejemplo. En Venezuela, Bolivia, Ecuador y otros países, en el lugar de las sangrientas dictaduras que gobernaron durante décadas llegaron gobiernos que fueron elegidos democráticamente, en algunos casos gobiernos de izquierda.

Estos cambios no vinieron determinados por la crisis económica, pero tampoco surgieron de manera “normal”, como son las elecciones. Surgieron a raíz de fuertes movimientos obreros y levantamientos. El ‘caracazo’ en 1989 en Venezuela, por ejemplo, encendió una dura guerra de clases que unos años después trajo al poder al gobierno de Chávez. Incluso cuando Chávez fue elegido presidente, fueron las masas de trabajadores y pobres campesinos las que bloquearon en las calles por lo menos dos golpes de estado y otros actos de provocación de una clase dirigente que no se da por vencida.

Del mismo modo, en Grecia, la perspectiva de un gobierno de izquierda que aterroriza a la clase dominante no existiría sin el diciembre de 2008 [asesinato de Alexi Grigoropoulo]; sin la culminación de las luchas que destruyeron al gobierno de Karamanlis [ex presidente de gobierno del partido de derechas Nueva Democracia]; sin las 17 huelgas generales, decenas de huelgas largas, ocupaciones de ministerios y de lugares de trabajo, los indignados en las plazas, la sangre de los porrazos y los gases que han regado las calles de Atenas; sin este tsunami de resistencia obrera durante los últimos dos años. Sin este tremendo poder, ahora no podría ser sobre la mesa el tema de un gobierno de izquierda.

Esta fuerza no se va a perder el próximo día de las elecciones, que llevarán al poder a un gobierno de izquierda. Francia en 1936 es, desde esta perspectiva, un ejemplo importante y típico: en las elecciones del 3 de mayo de 1936, en un momento de crisis económica similar a la de hoy, después de duras luchas contra el aumento del fascismo y huelgas durante dos años enteros, la izquierda (la coalición del Partido Socialista, el Partido Comunista y los Radicales, el partido “progresista” de la burguesía) triunfaron con una mayoría en el parlamento.

El Frente Popular se presentó en las elecciones con un programa de reformas muy modestas. Pero los trabajadores no esperaron siquiera a que se formara “su” gobierno (4 de junio). En mayo se iniciaron huelgas, manifestaciones y una enorme ola de ocupaciones de fábricas. Cuando León Blum, el primer ministro socialista del nuevo gobierno, asumió el poder a toda prisa, tanto él como los líderes de los partidos de izquierda llamaron a la moderación, ya que “el Gobierno revisaría las peticiones”. Sin embargo, estos llamados cayeron en oídos sordos, al vacío. Los trabajadores y trabajadoras entendieron que su acción (la huelga, la ocupación, la manifestación) era la garantía para la victoria, y en muchos casos organizaron sus propios comités.

Convenios colectivos

El 7 de junio, las organizaciones patronales aceptaron, aterrorizadas por la explosión de huelgas, la lista de reivindicaciones presentada por las direcciones sindicales. Por primera vez en la historia, se garantizaban y se establecían los convenios colectivos, las 40 horas semanales y vacaciones de verano pagadas.

En la Francia de 1936, la perspectiva de un gobierno de izquierda agravó aún más la crisis de los de arriba y dio aún más confianza a la clase trabajadora para apoyarse en sus propias fortalezas, agudizando la polarización de clases y creando las condiciones de poder dual. Junto a los gobiernos de izquierda que estaban tratando de llegar a acuerdos con partes de la clase dominante (al mismo tiempo que muchos de ellos se dirigían a los fascistas en busca de seguridad), la clase trabajadora comenzó a mostrar la posibilidad de su propia autoorganización, la perspectiva de los consejos de trabajadores democráticos. Lo mismo ocurrió durante el mismo período en la España revolucionaria.

La perspectiva de un gobierno de izquierda puede volver a abrir en la actualidad un período así. Pero esto no quiere decir que tengamos ilusiones sobre los límites de un gobierno de izquierda. La solución no vendrá desde arriba. Quienes, en el contexto actual de crisis y polarización de clases, prometen que pueden imponer hasta las mínimas medidas elementales a favor de los y las trabajadoras a través de las instituciones, que prometen “estabilidad” desde una mayoría parlamentaria, se están engañando a sí mismos y siembran ilusiones en los demás.

En primer lugar, porque una cosa es el gobierno, y otra cosa es el poder. El poder económico que gobierna el país luchará con todos sus medios para proteger sus privilegios. ¿Existen acaso banqueros estatales y locales que aceptarían la cancelación de la deuda o nacionalizar los bancos solo porque sea decisión del Parlamento? ¿Aceptarán los propietarios de la industria mayores impuestos, la prohibición de despidos o un aumento de los salarios? ¿Abrirán los barones de los medios de comunicación sus “negocios” para que se reflexione y se exprese la gente del pueblo? Algunos amenazarán con sacar sus fondos, otros con deslocalizar las fábricas, algunos de ellos con cierres (lock outs), y los demás esconderán los combustibles y productos.

Y entonces, ¿quién los detendrá? El estado, dicen algunos. Pero el estado no es neutral, es polarizado. ¿Les detendrán los jueces que siempre les declaran inocentes? ¿Les impedirá tal vez la policía, donde uno de cada dos votantes son militantes del [partido fascista] Amanecer Dorado? ¿O les detendrá la jerarquía militar, que sólo sabe aprobar programas de armamento? Vamos a ser claros: el estado estarán en el lado contrario a nosotras, la clase trabajadora.

La imagen de Allende, presidente reformista de Chile defendiendo el Parlamento con el fusil en las manos contra el golpe de Pinochet en 1973, muestra de forma dramática los límites de los cambios que pueden imponer los gobiernos de izquierda más honestos. El otro lado de la moneda siempre nos lo recuerdan las promesas “socialistas” y los “compromisos realistas” de Mitterrand, de González, de A. Papandreou, y de los que les siguen.

El problema con los reformistas, ya sean de derecha o izquierda, ya sean honestos o vendidos, es la forma en que comúnmente tratan a la clase trabajadora. No creen que esta sea el sujeto que puede derrocar al capitalismo, sino que ellos son quienes pueden imponer un cambio desde arriba. En este sentido, consideran las luchas de la clase trabajadora útiles como presión hasta lograr los compromisos necesarios. De vuelta a Francia en junio de 1936, Maurice Thorez, entonces secretario del Partido Comunista, dijo: “Bueno, tenemos que saber cómo acabar una huelga si las demandas son satisfechas. Pero aún más, hay que saber aceptar un compromiso, incluso si no se han satisfecho todas las demandas”.

Decepción

A continuación, los compromisos de Thorez llevaron a una serie de gobiernos con la participación de la izquierda, adaptándose más y más a la derecha. “No jugar el juego de la reacción, no debilitar nuestro gobierno”, fue el mensaje enviado desde la izquierda, en el contexto de los preparativos militares para la Segunda Guerra Mundial. Así aprobaron una ley que abolía los cinco días semanales y los pagos de horas extra. Una enorme ola de despidos, una fuerte persecución en los lugares de trabajo y el fin de los gobiernos de izquierda en Francia llegaron un poco más tarde, después de haber sembrado la frustración y la decepción en la clase trabajadora.

La única manera en que la clase trabajadora impone su propia respuesta al terror y la miseria que siembran los capitalistas es imponer su propia solución donde tiene fuerza, donde se produce la riqueza: en el lugar de trabajo. Con la expropiación de los medios de organización de la producción y con formas alternativas de organizar la producción, la economía y la sociedad basadas en las necesidades de la mayoría de la sociedad y no en el lucro.

Es el camino emprendido por los y las revolucionarias en octubre de 1917 en Rusia, que no sólo ocuparon las fábricas, sino que reclamaron los derechos de los obreros revolucionarios, campesinos, hombres y mujeres para discutir, decidir y gobernarse a sí mismos a través de los representantes elegidos e inmediatamente revocables de forma directa a través de la verdadera democracia obrera de los soviets, los verdaderos consejos obreros. No dudaron en derrocar al gobierno parlamentario provisional, que pocos meses antes había defendido el golpe de estado de Kornílov.

Con la misma intensidad defendemos el derecho de defendernos contra cualquier ataque de políticos como Venizelos (presidente de Pasok) o Samaras (Nueva Democracia). No dudamos en mostrar la única solución real para salir de la crisis: el derrocamiento revolucionario.

Durante los últimos doce meses, cientos de miles de activistas y militantes han reclamado en las plazas una democracia directa. Han ocupado ministerios y han paralizado el centro del poder. Han puesto la mano en lo más “sagrado”: la propiedad de los jefes (sus fábricas, sus canales de televisión, sus periódicos). Han construido comités de base para superar la traición de las direcciones burocráticas de los sindicatos, y han puesto en marcha experiencias de control obrero. En estos pasos está nuestra esperanza de vencer.

Por Giorgos Pitas

1 Similar a El País en Grecia

* Artículo publicado el 16 de mayo en Solidaridad de los Trabajadores, periódico semanal del SEK (organización hermana de En lucha en Grecia).

Traducción del griego por Lefteris Banos. Recopilado de la página del grupo español En Lucha.

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