Socialismo Internacional

Periódico de la Organización Socialista Internacional

Venezuela: el chavismo contra un candidato no tan nuevo

Posted by Socialismo Internacional en octubre 12, 2012

El 7 de octubre, Hugo Chávez salió reelegido como presidente de Venezuela con un 55,4% del voto popular. Henrique Capriles Radonski, candidato de la oposición, recogió casi el 45%, o sea más de 6 millones de votos.

Luego de la victoria de Chávez muchos se pregunta hacia donde se dirige la revolución bolvariana. Mike Gonzalez argumenta que mientras debemos celebrar la victoria de Chávez tenemos que cuestionar los obstaculos presentes para alcanzar la revolución socialista y luchar para que sea el resultado de la lucha desde abajo.

El 7 de octubre, Hugo Chávez salió reelegido como presidente de Venezuela con un 55,4% del voto popular. Henrique Capriles Radonski, candidato de la oposición, recogió casi el 45%, o sea más de 6 millones de votos.

Según la prensa extranjera, Capriles montó una gran campaña –es decir, una campaña moderna y efectiva, con amplios recursos publicitarios. Hizo todos los intentos posibles por representarse como algo nuevo: joven (relativamente hablando), en buena condición física, buen aspecto, relucientemente blanco. La novedad consistía en una derecha que promete mantener elementos del programa de gobierno de Chávez en lo que a servicios sociales se refiere, y de ofrecer un capitalismo más suave (incluso blando, dice). O sea, algo distinto del neoliberalismo que tantos estragos ha hecho con América Latina desde la década de los noventa.

La realidad, sin embargo, es que la coalición que encabeza Capriles era bien conocida y su estrategia claramente neoliberal. Se hubiera tratado del regreso al poder de una burguesía que sacó provecho durante casi un siglo de su relación con el imperio del norte, que disfrutó el boom petrolero y el consumo ostentoso que les aseguraba. Se trata de la misma burguesía que, desde la llegada de Chávez a la presidencia, ha movilizado todos sus recursos para destruir su gobierno y sabotear las iniciativas que, con todos sus fallos, dirigían por lo menos una parte de las ganancias petroleras hacia el pueblo, un pueblo que sufrió directamente el impacto del neoliberalismo. En febrero de 1989, el entonces presidente, Carlos Andrés Pérez, impuso un programa de ‘ajustes estructurales’, exigidos por el Fondo Monetario Internacional, que recaían sobre las mayorías de forma brutal. La respuesta fue el Caracazo del 27 de febrero de 1989, una explosión insurreccionaria del pueblo que culminó con una represión que dejó un saldo de 3.000 muertos (aunque el gobierno dijera que eran 300), enterrados muchos de ellos en fosas comunes. Lo importante del asunto es que Pérez acababa de ser re-elegido en base a una promesa de montar resistencia a las exigencias del Fondo y el Banco Mundial. Es exactamente lo que se podía esperar de un Capriles cuyos aliados entonces y ahora son los enemigos acérrimos del pueblo.

La misma burguesía venezolana ha peleado sin descanso contra el proceso político que se puso en marcha en 1998. En 2001 intentaron paralizar la economía; en 2002, en un intento de golpe encabezado por altos mandos militares junto con la organización de los empresarios, Fedecámaras, se secuestró a Chávez. Si duró sólo 48 horas es porque el pueblo tomó las calles en una movilización de masas que mostró su fuerza, pero también sus esperanzas de profundos cambios. Chávez regresó. En el mismo año, la burguesía volvió a movilizarse en un paro patronal que, de haberse realizado, hubiera destruido la industria petrolera, que es decir la economía entera. Duró tres meses, y si fracasó fue por la iniciativa y la resistencia del pueblo, que mantuvo en marcha la producción petrolera. El paro patronal fue violento. Y ahí aparece Capriles, entre un gentío buscando destruir la embajada cubana y cortando el agua y la electricidad a los que seguían dentro del edificio. Eso en el 2002-3. Es el mismo Capriles Radonski de ahora.

Aunque los voceros oficiales insistían en que subiría el voto a Chávez, y pese a una larga campaña respaldada por inmensos recursos, en realidad ha sido el voto más bajo que ha recibido desde 1998. El chavismo ha hecho hincapié en las esperanzas expresadas en 2002, identificándose con la memoria colectiva del Caracazo y la movilización de masas que simboliza. De allí que siga con el apoyo incondicional de la mayoría. Pero la realidad de Venezuela es que, aunque se cambien los nombres de los ministerios a Ministerios del Poder Popular, y aunque el discurso de los políticos y los gobernantes recurra siempre a un lenguaje revolucionario, socialista, popular –reforzado por el atuendo rojo ubicuo–, Venezuela está lejos de la revolución prometida. Por muchas razones históricas, Chávez sigue encarnando la esperanza revolucionaria para una gran mayoría. Sin embargo, es un apoyo a un personaje que de alguna manera flota por encima de una realidad que pone en jaque cada vez más esa promesa.

Uno se pregunta de dónde viene la rabia de la burguesía. A pesar de 14 años del proceso, no se han tocado sus intereses. No ha habido redistribución del ingreso. Si bien es cierto que los programas sociales (las Misiones) pusieron amplios recursos en los servicios de salud, de educación, de vivienda, eso no fue a expensas de la clase capitalista; se financió con el excedente petrolero. Y quien viaje a Venezuela con los ojos abiertos no puede dejar de ver el consumismo conspicuo de la burguesía en los centros comerciales, los restaurantes, las casas y edificios con guardia permanente, y los cuatro por cuatro con vidrio ahumado que circulan a velocidad por las calles.

¿Y el poder popular? Si se preguntara a los sindicalistas de Mitsubishi, del metro de Caracas, de Sidor en Ciudad Guyana, contarían una experiencia durísima, atacados por sicarios y muchas veces por la policía nacional cuando ejercen su derecho de huelga por un lado, por otro denunciado por contrarrevolucionarios desde el estado. Si bien es cierto que este año se promulgó una nueva ley del trabajo –después de 14 años–, queda por verse hasta dónde ésta informará la práctica del estado y el empresariado. Y si se preguntara a los herederos del Caracazo, los que luchan por transformar la vida de las masas, dirían que todo se dirige desde arriba, que sus luchas se enfrentan cada vez más con un estado que las caracteriza de indisciplina y reto al orden público, sean campesinos luchando por sus tierras, sean comunidades de los barrios exigiendo que les lleguen los servicios prometidos. Porque la realidad es que el estado chavista se ha convertido en un aparato de poder que se dedica a frenar toda iniciativa popular, incorporando a líderes de base por un lado e incluso reprimiendo las iniciativas populares a escala local por otro. Mientras los servicios se deterioran y las promesas se empiezan a incumplir –en materia de vivienda por ejemplo, no se ha pasado del 25% de las casas prometidas–, la riqueza ostentosa e insultante de los burócratas es incalculable. La nueva burocracia del poder (algunos de ellos sobrevivientes de la anterior), con gorro y camiseta rojos, se ha convertido en una nueva clase dirigente que manda y se enriquece en nombre de un pueblo que debe aceptar la escasez, una inflación que pasa del 30% anual en términos reales, y la imposición de voceros sin oportunidad de elegirlos directamente. El pueblo lo sabe y comenta en voz alta su corrupción rampante.

Y, sin embargo, esas masas dieron su apoyo otra vez más a Chávez. Ellos saben qué es realmente la derecha y quién es Radonski, detrás de su máscara sonriente. Él es el portavoz de un odio de clase que, de llegar al poder, buscaría una venganza terrible y devastadora. Chile en 1973 nos mostró cómo se comporta una burguesía que ha visto la fuerza real del pueblo. Este pueblo ha visto las posibilidades de cambio, y ha invertido sus esperanzas en la figura de Chávez. Hoy día, un voto por Chávez es una reafirmación de esas esperanzas y ese deseo de cambio, al mismo tiempo que un rechazo contundente a la derecha.

Pero ¿ahora, cumplidas las elecciones? La burocracia tomará la victoria de Chávez como una luz verde para seguir enriqueciéndose, como un aval a su poder. Se equivocan. Dentro del chavismo se están disputando ya el relevo. El elegido parece ser Diosdado Cabello, cuya lista de cargos es demasiado larga para reproducir aquí. Es también uno de los hombres más ricos de Venezuela (si no el más rico) cuyos caudales son fruto de su papel en el estado chavista. Podrá tomar las riendas del sistema desde el poder, pero él no es Chávez, y mucho menos representante de la voluntad de cambio revolucionario al que aspiran muchos de los que se llaman chavistas. Al contrario, Cabello es ejemplo vivo de las contradicciones internas al chavismo, entre aquel pueblo organizado desde abajo y la nueva burocracia. Sin Chávez su control se volverá cada vez más represión y el pueblo tendrá que organizarse de nuevo, independientemente de las instancias del poder. Pero esto se tiene que preparar desde hoy. Los socialistas, muchos de ellos peleando sinceramente dentro y desde el chavismo, se dedicarán desde ahora a trabajar desde las bases, creando la capacidad de actuación y rescatando el socialismo (teoría y práctica de las clases trabajadoras que se transforman en protagonista de su propia historia) de manos de los que tratan de redefinirlo como protagonismo de un estado que actúa de parte y en ausencia de ellas, y cada vez más en sus propios intereses.

— Mike Gonzalez es militante del Socialist Workers Party, organización hermana de En lucha en Gran Bretaña y ha sido profesor en la Universidad Bolivariana de Venezuela.

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